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CUANDO LOS ANIMALES HUYEN …, Y LOS CUBANOS TAMBIÉN. Por Dr. Eloy A. González.

CUANDO LOS ANIMALES HUYEN …, Y LOS CUBANOS TAMBIÉN.
Por Dr. Eloy A. González
25 de enero de 2026


En Caibarién, ese pueblo donde el mar se come las calles y la realidad se come la paciencia, el zoológico local se ha convertido en un espejo involuntario del país: jaulas vacías, animales hambrientos y una administración que aparece tarde, mal y nunca. Lo que antes fue un paseo infantil hoy es un recordatorio de que, en Cuba, hasta la fauna está buscando la manera de “resolver”.

La historia más reciente —y más sabrosa, según algunos— comienza con Pánfilo, un mono escurridizo que decidió fugarse del zoológico. No se sabe si fue por hambre, aburrimiento o por puro espíritu de supervivencia, pero el hecho es que el mono se lanzó a la calle como cualquier cubano que se cansa de esperar. Su escapada puso en alerta a todo Caibarién: autoridades, vecinos, curiosos y hasta los que solo querían ver si el mono terminaba en una olla de presión, porque en tiempos de escasez cualquier proteína es noticia.

Durante días, Pánfilo se paseó por azoteas, balcones y patios ajenos, sembrando un pánico moderado y una risa nerviosa. Algunos aseguraban que lo habían visto robando comida; otros, que estaba buscando la forma de emigrar. Finalmente, apareció en la azotea de un edificio de microbrigadas, donde mordió a su cuidador —un hombre que lo había criado “como un hijo”— y fue devuelto al zoológico. Un final feliz, si se le puede llamar así, porque en Cuba sobrevivir ya es un final feliz.

Pero Pánfilo no es un caso aislado. Su antecesor, Pancho, también se escapaba con frecuencia, aunque aquel tenía inclinaciones más… gastronómicas. Se volvió carnívoro, desollaba gallinas y hacía estragos en los patios del vecindario.

La decadencia del Zoológico es tan evidente que ya nadie se sorprende. Los monos entran a las casas, roban comida, se ponen agresivos y, según denuncian los vecinos, podrían morder a un niño en cualquier momento. Las autoridades, por supuesto, no hacen nada. Ni Comunales, ni el Gobierno municipal, ni nadie. En Caibarién, como en el resto del país, la gestión pública funciona con la misma eficiencia que un ventilador soviético en agosto.

Pero si la historia del mono tuvo un final relativamente digno, la del cocodrilo escapado fue otra cosa. Ese pobre reptil, que vivía hacinado y maltratado, encontró una grieta en su recinto y decidió probar suerte. No sabía que estaba escapando de una jaula para caer en otra más peligrosa: la del hambre colectiva. El cocodrilo, que en teoría debía ser un peligro para la población, terminó siendo víctima de ella. Lo cazaron, lo descuartizaron y lo convirtieron en comida. Sus restos aparecieron en La Picadora, un nombre que ya de por sí parece sacado de un cuento macabro. En un país donde la gente hace colas de horas por un paquete de picadillo extendido, un cocodrilo suelto es prácticamente un regalo del destino. Las autoridades habían pedido que no se acercaran al animal, que avisaran si lo veían, que tuvieran cuidado. Pero el hambre no entiende de advertencias. El cocodrilo no tuvo tiempo ni de asustar a nadie. Lo vieron, lo cazaron y lo cocinaron. Y así, mientras Pánfilo regresaba al zoológico por un pelo, el cocodrilo terminaba en la cazuela.

Este episodio, tan absurdo como real, resume la Cuba de hoy: un país donde los animales huyen buscando comida, los vecinos huyen buscando comida, y el Estado huye de sus responsabilidades. Un país donde un mono fugitivo genera más movimiento institucional que un apagón de doce horas, y donde un cocodrilo se convierte en símbolo involuntario de la desesperación.

Porque al final, la moraleja es simple: en Cuba, cuando el hambre aprieta, ni los cocodrilos se salvan. Del dicho al hecho: “ cuando el hambre aprieta, nada se respeta”

25 de enero de 2026

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