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El régimen cubano, la tibieza de los aliados y la soledad política real. Por Diego Santana. Diario de Cuba.

El régimen cubano, la tibieza de los aliados y la soledad política real
Por Diego Santana
Diario de Cuba
23 de febrero de 2026

La bandera cubana en un entorno psicodélico. Cubadebate

Entre los socios de La Habana abundan los cálculos y las palabras, pero escasean los compromisos: nadie está dispuesto a inmolarse.


La actual crisis energética y económica que atraviesa Cuba —apagones que superan en duración y alcance a los del Período Especial, escasez crónica de combustible, parálisis del transporte y deterioro acelerado de servicios básicos— ha dejado al descubierto algo más profundo que la ineficacia gubernamental: ha revelado la soledad política real de La Habana.

Durante semanas, el régimen ha intentado proyectar una imagen de respaldo internacional frente a lo que denomina "bloqueo recrudecido". El canciller Bruno Rodríguez Parrilla ha multiplicado sus viajes y declaraciones, presentando cada encuentro como prueba de que Cuba no está aislada.

Sin embargo, su recorrido como el de un barco errante que toca uno y todos los puertos, pero en ninguno lo "salvan", da cuenta de un contraste que La Habana no esperaba encontrar: abundan las palabras, escasean los compromisos.

China, Rusia y Vietnam: solidaridad calculada


La narrativa oficial cubana insiste en la alianza estratégica con China y Rusia. Pero ni Pekín ni Moscú han dado el paso decisivo.

China prometió "todo el apoyo posible" y ofreció donativos puntuales. No hay anuncios de inversiones masivas que rescaten el sistema eléctrico ni créditos de gran escala que estabilicen la economía. Pekín actúa con pragmatismo: respalda diplomáticamente, pero evita comprometer recursos en un socio de alto riesgo financiero.

Rusia, por su parte, recibió al canciller cubano y reiteró su tradicional condena al embargo estadounidense. El presidente Vladímir Putin no concretó envíos sustanciales de petróleo ni paquetes de emergencia. En plena confrontación con Occidente, Moscú administra sus recursos con lógica estratégica: Cuba es simbólica, pero no prioritaria.

La conclusión es clara: ni China ni Rusia están dispuestas a inmolarse económicamente para garantizar la continuidad del modelo cubano.

Entretanto, Vietnam prometió ayudar a La Habana, pero "dentro de sus capacidades", aludiendo al discurso propagandístico de "solidaridad entre Partidos, Estados y pueblos", pero sin ir más allá ni hacer anuncios de peso por ahora.

México, España y Chile: ayuda humanitaria sin (casi) salvavidas político

El caso de México es ilustrativo. El Gobierno de Claudia Sheinbaum ha enviado alimentos y medicinas e incluso abrió la puerta a donativos civiles. Pero dejó fuera el combustible, precisamente el recurso cuya carencia paraliza la Isla. Es una ayuda humanitaria, no un rescate estructural. México no está dispuesto a cargar con el costo económico y diplomático de convertirse en sostén energético de La Habana.

Sheinbaum, enredada sobre su propio eje respecto a La Habana, dice que negocia con Washington para enviar petróleo a la Isla, pero los días pasan, los anuncios no se concretan y lo evidente es que, mientras la Administración de Donald Trump presiona, los socios no están dispuestos a poner sus manos en el fuego en nombre de la continuidad de un régimen que pervive entre la propaganda oficial, la represión, el abandono de los ciudadanos y la falta de ideas.

Al propio tiempo, el Gobierno de España anunció asistencia a través de mecanismos multilaterales. El gesto es relevante, pero limitado. No implica financiamiento ni inversiones. Y en Madrid, la visita del canciller cubano estuvo acompañada de protestas de exiliados que recordaron una verdad incómoda: la ayuda humanitaria puede aliviar al pueblo, pero también puede contribuir a legitimar a un régimen incapaz de sostener su propia infraestructura.

En Chile, la división fue aún más clara. Mientras el Gobierno defendía el envío de ayuda, el presidente electo José Antonio Kast cuestionó cualquier asistencia que no estuviera condicionada a exigencias democráticas. La discusión chilena revela un cambio regional: la solidaridad automática con La Habana ya no es políticamente rentable.

Venezuela: el silencio más elocuente

Durante dos décadas, Venezuela fue el sostén energético de La Habana. El petróleo venezolano permitió a Cuba sobrevivir al colapso soviético tardío y evitar reformas profundas. Hoy, esa válvula de oxígeno está prácticamente cerrada.

La crisis venezolana, sus propias limitaciones fiscales y la intervención de EEUU, que ata de pies y manos al chavismo, han reducido drásticamente la capacidad de Caracas para subsidiar a terceros. Más allá de declaraciones retóricas, no hay anuncios de nuevos envíos de crudo.

El silencio venezolano es más revelador que cualquier discurso, al igual que el practicado hasta ahora por el régimen de Daniel Ortega, en Nicaragua, involucrado en su propia deriva con Washington y haciendo malabares para que lo de Caracas y La Habana no lo salpique.

Brasil y Colombia: tibieza estratégica


En otros momentos, gobiernos de izquierda en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y Colombia, Gustavo Petro, habrían asumido un papel más activo. Hoy, la cautela domina. No hay paquetes de ayuda energética, ni financiamiento extraordinario, ni iniciativas regionales de rescate.

Esa tibieza responde a una lectura política: involucrarse a fondo con Cuba implica costos diplomáticos frente a Washington y riesgos económicos internos. Y pocos gobiernos están dispuestos a asumirlos por un régimen cuya viabilidad estructural genera dudas.

La brecha entre el discurso y la realidad


Mientras, en la Isla, los apagones se prolongan, las colas se multiplican y el transporte se paraliza. El Gobierno insiste en que la causa fundamental es el embargo, pero el deterioro de la infraestructura energética, la falta de reformas y la dependencia crónica de subsidios externos son factores internos imposibles de ocultar.

La estrategia oficial se basa en resistir y esperar. Resistir con retórica; esperar que algún aliado asuma el costo mayor. Pero ese aliado no aparece.

Lo que sí aparece es otro fenómeno: cubanos en el exilio organizando ayuda directa; organizaciones religiosas canalizando asistencia humanitaria; gobiernos democráticos como el de EEUU enviando donativos destinados explícitamente a la población y no al aparato estatal. Es una ayuda que mitiga el sufrimiento, pero no sostiene al régimen.

Una soledad sin épica

La Habana no está completamente aislada en el plano diplomático. Tiene votos en foros internacionales y declaraciones de respaldo. Pero carece de lo esencial: un socio dispuesto a garantizarle energía, liquidez y estabilidad a largo plazo.

Esa es la diferencia entre la retórica y la realidad. En los años 90 fue Moscú; luego, Caracas. Hoy no hay sustituto claro. Ni China ni Rusia, ni México ni Brasil están dispuestos a sacrificar capital político y recursos estratégicos para salvar un modelo que no genera confianza ni perspectivas de retorno.

La soledad del régimen no es solo ideológica, sino también material. Y en política internacional, lo material a veces pesa más que los discursos.

Para los cubanos de a pie, la conclusión es evidente: la ayuda que puede llegar será humanitaria y fragmentaria. El sostén estructural que garantice la continuidad del sistema no aparece en el horizonte. Y esa ausencia, más que cualquier declaración oficial, define el momento histórico que vive Cuba y la soledad de un régimen que se creía acompañado.


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