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lCUBA: CAMBIO NECESARIO, PERO NO IMPUESTO NI SIMULADO. Por el abogado Frank Braña Fernández.


Abogado Frank Braña.- Existen períodos en la historia de las naciones donde el debate deja de ser ideológico y se vuelve, sin artificios, un asunto de dignidad. Cuba está atravesando uno de esos instantes.

La sociedad cubana se encuentra en una disyuntiva ya irreversible, debido a la permanencia de un sistema político que ha evidenciado su imposibilidad de garantizar condiciones esenciales para vivir y al mismo tiempo su negativa a permitir libertades básicas. Lo que está en juego no es una preferencia doctrinaria, sino la posibilidad verdadera de tener derechos.

La crisis cubana, en su manifestación más evidente, se hace palpable en el ámbito económico: la falta de bienes durante un largo período, el deterioro de servicios básicos, la crisis energética y una emigración constante que empobrece a la nación de su capital humano. No obstante, limitarse solo a esos elementos sería quedarse en la superficie. Lo estructural radica en la manera en que se ha organizado y mantenido el poder, así como en la falta de procedimientos eficientes de control democrático y en la restricción sistemática de las libertades públicas. La falta de libertad para cambiar la pobreza es el verdadero problema, no solo la pobreza misma.

En este contexto, afirmar que Cuba necesita un cambio no es una postura radical, sino más bien una deducción lógica. No hay espacio para cambios parciales ni para modificaciones superficiales. La magnitud de la crisis requiere un cambio sustancial, que no solo conlleve cambios en las normas, sino también una reconfiguración efectiva de las relaciones de poder. De no ser así, cualquier esfuerzo de mejora será, en el mejor escenario posible, temporal.

Sin embargo, declarar que el cambio es urgente no permite cualquier vía para lograrlo. Es necesario rechazar con firmeza la tentación de soluciones externas, especialmente las que requieren una intervención militar estadounidense. No solo por motivos legales relacionados con el principio de no intervención, sino también por una razón más profunda: si se impone la libertad desde afuera, se transforma en una forma diferente de dominación. En este aspecto, la historia regional habla por sí misma. Las intervenciones de otros países rara vez han propiciado democracias estables; a menudo, han creado nuevas dependencias y prolongados conflictos.

Cuba no precisa ser intervenida; lo que necesita es tener la capacidad para decidir. Y esa diferencia es significativa. Un proceso de transformación genuino solo puede originarse a partir del deseo del propio pueblo, con sus tensiones, contradicciones y ritmos. Cualquier solución que no tenga en cuenta este principio estará errada desde el comienzo, aunque se la presente como liberadora.

No obstante, el peligro de una alteración simulada desde adentro es tan problemático como la intervención externa. La evidencia comparativa indica que los regímenes cerrados, bajo la presión de la sociedad o de fuera del país, no siempre eligen resistir abiertamente; en algunas ocasiones, manejan la apertura con control y mantienen intactos los núcleos verdaderos de poder. Esta clase de procesos, en vez de democratizar, tienden a mantener el sistema bajo distintas modalidades.

No es ético que los mismos personajes que han sostenido el poder por décadas continúen detrás de las estructuras del nuevo orden, aunque sea indirectamente. Una reforma que se aplica con cuidado, un cambio superficial o una apertura que no afecte el equilibrio real no son considerados cambios, sino estrategias de continuidad. En esencia, se trata de un fraude político que intenta legitimar lo que no ha sido modificado.

En este momento, también es necesario criticar a algunos sectores de la oposición que han elegido posiciones cambiantes, más adaptadas a las circunstancias del momento que a principios sólidos, en lugar de establecer una alternativa coherente. Hay una oposición que critica la carencia de democracia, pero no vacila en relativizar ese discurso cuando percibe la posibilidad de participar en espacios controlados o negociados bajo condiciones impuestas por el mismo sistema que afirma cuestionar. Esta ambigüedad no solo merma su credibilidad, sino que, de manera indirecta, favorece la legitimación de un modelo que necesita precisamente esos huecos para mantenerse.

Aún más alarmante es la oposición que se mueve entre posiciones conciliadoras y radicales sin un hilo conductor claro, dependiendo del contexto político o de los estímulos externos. En ciertos momentos, exige una ruptura; en otros, admite cambios mínimos como si fuesen avances significativos. A veces la injerencia extranjera es rechazada, mientras que otras veces se fomenta de manera abierta como una vía de solución. Esta conducta errática no solamente muestra inconsistencia, sino que también provoca que la población pierda confianza y dificulta cualquier oportunidad de construir en conjunto. Una oposición que se acomoda a su conveniencia acaba perdiendo su propósito: ofrecer una alternativa auténtica para el cambio.

Por lo tanto, el reto en Cuba no consiste solo en reemplazar un modelo agotado, sino también en prevenir que lo que quede vacante sea llenado por incoherencias o simulaciones. La democracia no puede construirse a partir de convenios oscuros, interferencia foránea o cálculos oportunistas. Necesita una ruptura concreta con las costumbres que han definido el sistema actual, compromiso con la ciudadanía y claridad de principios.

Esto supone, de manera inevitable, que la transformación sea significativa. No es suficiente con habilitar ciertas libertades en términos formales o implementar procedimientos de participación restringidos. Es esencial asegurar elecciones libres, la libertad política verdadera, la independencia de las instituciones y el respeto absoluto a los derechos esenciales. Sin embargo, es primordial que aquellos que han sido responsables de la configuración del sistema actual no mantengan el control sobre el nuevo orden, ni de manera visible ni encubierta.

Simultáneamente, no se puede ignorar la influencia de elementos externos en los acontecimientos de Cuba. La crisis se ha visto agravada por las sanciones y los conflictos geopolíticos, lo que ha tenido un impacto directo en la población. Sin embargo, sería incorrecto atribuir al total de la problemática a estos factores. Decisiones internas que han limitado el crecimiento económico y coartado las libertades políticas son la principal causa de responsabilidad.

Para concluir, Cuba requiere una transformación. Uno que sea genuino, no administrado; uno sin restricciones, no forzado; uno congruente, no oportunista. Ese cambio debe emanar de la voluntad soberana del pueblo cubano y manifestarse en una modificación auténtica de sus estructuras políticas. La única vía legítima entre la simulación interna y la intervención de otros países es aquella que pone a los ciudadanos en el centro del proceso.

La historia no brinda garantías, pero sí prevenciones. Y la más importante, en este caso, es evidente: cualquier esfuerzo por cambiar corre el peligro de transformarse en una reiteración —quizá más compleja, pero no menos problemática— de lo que se busca superar si no hay una participación genuina, una ruptura efectiva y coherencia política. 

¡Los cubanos son los que deben solucionar los problemas de Cuba!

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