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Religión y sociedad civil: el papel de la Iglesia en una Cuba en transición. El científico y religioso Jorge Adalberto Núñez analiza este tema. Por Camila Acosta. Cubanet. + Video.

Religión y sociedad civil: el papel de la Iglesia en una Cuba en transición
Por Camila Acosta
Cubanet
1 de mayo de 2026


El científico y religioso Jorge Adalberto Núñez, residente en Pinar del Río, Cuba, en exclusiva para CubaNet, analiza este tema.

PINAR DEL RÍO, Cuba.- Cuba se enfrenta al desafío de transitar hacia una sociedad libre y democrática donde se respete la dignidad y los derechos humanos. La reconstrucción del país no es solo política, sino también ética y social. En una nación de profundas raíces cristianas, las iglesias emergen como actores clave en este complejo proceso de reconstrucción.

Para el microbiólogo y laico católico Jorge Adallberto Núñez, “la Iglesia puede contribuir a sanar a Cuba”, posicionándose no solo como una guía espiritual, sino como un pilar fundamental de la sociedad civil. En su visión, la institución religiosa es clave para la reconciliación nacional, el fortalecimiento de la cultura cívica y el respeto a las diferencias, funcionando como el puente necesario para el diálogo.

¿Qué rol desempeñarán las iglesias en la transición? ¿Qué podrían aportar a la reconstrucción? ¿Cómo podrían sanar el tejido social desde la sociedad civil? El científico y religioso Jorge Adalberto Núñez, residente en Pinar del Río, Cuba, en exclusiva para CubaNet, analiza estas interrogantes.

¿Cómo valora el estado actual de la libertad religiosa en Cuba?
Sigue siendo limitada. La Iglesia ha ganado algunos espacios, pero siempre es bajo la tutela y la revisión constante del gobierno y de la Oficina de Asuntos Religiosos (del Comité Central del Partido Comunista de Cuba).

Es decir, la libertad religiosa en Cuba sigue estando limitada y se siguen limitando los espacios que necesita la Iglesia, que necesitan los cristianos, para ejercer su misión en la sociedad.

En un escenario de cambio político, ¿cuál sería el primer paso para garantizar una libertad religiosa auténtica? ¿Cuál sería ese marco legal que garantizaría esa libertad desde el inicio?
Pienso que el primer paso debe ser la Constitución, la ley de todas las leyes. La Constitución actual de Cuba no garantiza, de manera eficaz, la libertad religiosa.

Es necesario un conjunto de leyes que precisen la manera en que la religión puede adquirir su libertad para cumplir su misión en medio de la sociedad, como ocurre en el resto del mundo, y sin la existencia de una Oficina de Asuntos que controle la vida religiosa del país.

¿Qué podrían aportar las instituciones religiosas en la transformación política, social y económica de Cuba? La Iglesia en Cuba, y la religión en general, el cristianismo en general, tiene una profunda vinculación con el surgimiento del sentimiento nacional.
Creo que cuando a la Iglesia, y al cristianismo en general, se le permite ejercer su influencia, hacerse presente en la sociedad, con los mecanismos legales, puede aportarle muchísimo tanto en la cultura cívica, en la cultura política, en los valores culturales, en la educación, en los valores educativos.

Pienso que la Iglesia tiene una gran tradición que aportarle a Cuba y a cualquier sociedad moderna en estos momentos.

Religión y sociedad civil: el papel de la Iglesia en una Cuba en transición
¿Cuál cree que debería ser el papel de la Iglesia en un escenario de transición?

La Iglesia siempre ha sido puente, siempre se ha ofrecido al diálogo, tiene una larga tradición de diálogo.

Ese sería uno de los primeros pasos: la Iglesia puede ayudar a propiciar un espacio de entendimiento. Para eso existe una larga tradición, un conocimiento, un acervo cultural y político en relación con el diálogo.

Pienso que este es uno de los aspectos más importantes para una sociedad tan dañada, que necesita reconstruirse a sí misma y reconstruir al ser humano, que ha sido tan dañado durante más de seis décadas por políticas totalmente ajenas a nuestra tradición de pensamiento y a nuestra tradición cultural.

¿Participaría en la vida pública de un país en libertad? ¿De qué manera?
Pienso que sí. La Iglesia nunca es un partido político y no pretende ni busca hacer un partido político. Pero la Iglesia sí puede aportar sus valores, su visión, su espíritu conciliador a la sociedad cubana. Pienso que ese es uno de los aportes de más valor en estos momentos para Cuba.

¿Cómo se garantizaría, al mismo tiempo, el respeto a quienes no profesan ninguna fe?
Es una pregunta que me gusta. Uno de los valores importantes que aportó el cristianismo a Occidente fue la división de poderes.

El cristianismo surgió sobre uno de los principios de la división de poderes: distinguir el poder temporal del poder espiritual. La historia de la Iglesia está llena de tensiones y ha habido tensiones entre los dos poderes; pero el principio claro ha sido muy importante para la civilización occidental. Por ejemplo, en el cristianismo no tiene sentido una teocracia como en los países islámicos, en los cuales se funden el poder político y el poder religioso.

El cristianismo entiende, con mucha claridad, que existe un poder temporal, que tiene sus propias leyes y dinámicas, y un poder espiritual, un servicio espiritual de la Iglesia que está separado del poder político. Aunque esa separación no significa ni implica un divorcio.

La Iglesia siempre puede ofrecer a la sociedad, en todos los aspectos, incluso el político, su visión sobre el hombre, su antropología, su manera de concebir la historia, de concebir al hombre, de concebir la dignidad de la persona humana. Y pienso que eso tiene un gran valor.

De hecho, las raíces más profundas de la democracia están muy vinculadas con el cristianismo. Es decir, ideas esenciales en la democracia como la dignidad de la persona humana, la libertad, la justicia, el amor por la verdad, el servicio a los más necesitados… todas esas ideas profundas, que han influido tanto en Occidente, están totalmente arraigadas en el cristianismo.

En la medida en que una sociedad se aparta del cristianismo, termina desconociendo la esencia de la democracia. De hecho, el filósofo francés Henry Bergson, siendo judío, reconocía que las raíces más importantes de la democracia son cristianas.

Una sociedad como esta, que se ha intentado crear desde el año 1959, que trató de romper con el cristianismo y establecer el marxismo y el ateísmo, obviamente, bajo ese cimiento nuevo que intentaron usar para construir la sociedad, la democracia no puede ser comprendida. La democracia no puede ser elaborada desde un cimiento ajeno a las raíces cristianas de Occidente y de Cuba.

¿Dónde está la línea entre una participación legítima de lo religioso y una influencia excesiva en la política?

Es una línea que es difícil de establecer. Los cristianos estamos llamados a vivir el compromiso político en el sentido amplio.

Aristóteles dijo que el hombre es un animal político. En ese sentido amplio de la política, no podemos desentendernos de ella. Pero algo diferente sería convertir la Iglesia en un partido político.

Creo que, en el mundo de la política, como en el de la cultura, en el de la ciencia, en el de la academia, todos son ámbitos en los cuales es necesaria la participación del cristiano, donde siempre puede ser valioso su aporte, sin llegar al extremo de llevar a la jerarquía de la Iglesia a una influencia demasiado política para convertirse en un partido político. Son cosas en las que es importante hacer las debidas distinciones. Una cosa es el poder temporal de la sociedad y otra cosa es la misión de la Iglesia en la sociedad, para predicar el Evangelio, que es su esencia. La naturaleza de la Iglesia es la predicación del Evangelio.

¿Qué significa construir una sociedad civil verdaderamente autónoma en Cuba?
Creo que se trata de una labor titánica después de tantos años de una filosofía política que ha creado tanta división entre los cubanos. Reconstruir al hombre, reconstruir la subjetividad, reconstruir los valores, ofrecer una cultura nueva desde otro cimiento.

Una de las ideas importantes —que también el cristianismo le aportó a Occidente— es la noción de la dignidad de la persona humana. Para el cristianismo, y también para el judaísmo que nos antecede, el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios; la dignidad de la persona humana es algo de un valor extraordinario que debe ser protegida, defendida y resguardada.

Por eso, pienso que uno de los mayores aportes que le puede hacer el cristianismo a la reconstrucción de la sociedad civil en Cuba va por ahí: fortalecer los valores humanos de raíz cristiana, fortalecer la idea de la dignidad, el diálogo, la cultura cívica, el entendimiento, el respeto a la diferencia, el reconocimiento y el respeto del otro por encima de sus ideas, algo totalmente distinto, tristemente, a lo que hemos estado viviendo durante más de seis décadas.

Es preciso, entonces, reconstruir la subjetividad, reconstruir todo el entramado de valores que se necesitan para que una sociedad civil funcione verdaderamente, para que el pueblo, para que la gente en su individualidad, sienta que es de nuevo dueña de su vida, que puede ejercer una verdadera influencia en la sociedad, que su voz y su opinión cuentan, que sus intenciones políticas merecen ser escuchadas.

¿Puede la religión, en este caso, el cristianismo, contribuir a la reconstrucción moral de Cuba?

Sí, el cristianismo tiene mucho que ver y mucho que decir en este aspecto. Vuelvo a la idea de la identidad, que es algo propio del cristianismo, pero que también tiene mucho que ver con nuestra cultura nacional.

Recordemos esa expresión preciosa de Martí que aparece en la Constitución actual: “El culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. No es la dignidad plena del pueblo, no es una dignidad abstracta, es la dignidad plena del hombre.

Pienso que, para reconstruir toda la sociedad civil, para reconstruir la manera de hacer política, de pensar la política, uno de los pilares fundamentales es, precisamente, la idea de la dignidad, de respeto por uno mismo, de respeto por el otro, la idea de reconocer todas las implicaciones que tiene el hecho de que somos personas y de que, como personas, estamos dotados de una dignidad que ningún Estado, ningún partido, ninguna ideología nos otorga. Nosotros somos dignos porque somos personas.

Las ideologías, los partidos y las maneras de hacer política tienen que reconocer, servir y valorar esa dignidad que ya es parte de nuestra naturaleza por el simple hecho de existir, de ser personas.

¿Qué le diría a las personas que se preocupan porque esa influencia de la Iglesia pueda derivar en la imposición de una moral única?
Entiendo la pregunta y tiene su lógica. En las sociedades occidentales modernas, tal y como las conocemos, no sucede, porque la mayoría de los países tienen Estados laicos donde la religión y el Estado están separados, y eso es sano, es bueno y necesario.

La Iglesia busca su espacio, pero nunca ha tenido una pretensión de imponerse a nivel social, de fundar un Estado cristiano, de forzar a la gente a creer en el Evangelio. El camino de la Iglesia es ofrecer, proponer, brindar su palabra y su presencia en los ámbitos de la vida social en la medida en que las sociedades lo permitan.

No creo que exista, ni que nadie debería preocuparse, por el peligro de que se pueda establecer en Cuba un Estado religioso ni nada parecido. Esa no es ni nunca ha sido la pretensión cristiana, por lo menos en la etapa moderna.

¿Cómo se construye un consenso ético en una sociedad diversa, con creyentes y no creyentes?
Hay un filósofo católico del siglo pasado que se llama Jacques Maritain, quien era francés y se enfrentó, precisamente, a esa misma cuestión. En ámbitos como la comunidad de países, cuando se pusieron a diseñar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, él se dio cuenta de algo que me parece que sigue siendo valioso: es muy difícil buscar un consenso en los aspectos teóricos porque, obviamente, en la sociedad están los ateos, los cristianos de diferentes iglesias, la comunidad hebrea… y es muy difícil buscar un marco teórico común para todas las formas de creer y de no creer.

Creo que lo más importante es abocarnos a cosas prácticas, aun cuando la teoría que esté por debajo o las concepciones religiosas y antropológicas subyacentes sean diversas. Por ejemplo, reconocer el derecho a la propiedad privada: es un derecho universal que no necesariamente tiene que ser defendido solo desde el cristianismo, sino que, a nivel universal, forma parte de la condición humana.

Entonces, creo que lo más importante es trabajar en acuerdos comunes que contribuyan al bien común. Tener clara esa noción y trabajar todos en conjunto para aportar, desde nuestras diferencias, lo mejor que podamos ofrecer para vivir en una sociedad más digna, en la que el ser humano se sienta respetado y valorado.

¿Qué rol pueden jugar las instituciones religiosas en procesos de perdón, memoria y reconciliación nacional?

La Iglesia tiende puentes, su tradición siempre ha sido acercar a las personas, acercar a la familia, sanar la sociedad. Creo que hay mucho que hacer en ese camino. Los mensajes centrales de la Iglesia —la predicación del Evangelio, el amor por la humanidad, el amor por Dios— no deben ser considerados una amenaza ni algo que pueda crear conflicto a la hora de reconstruir la sociedad civil.

Por ejemplo, organizaciones como Cáritas han sido reconocidas por su aporte durante el paso de los huracanes por el país, y eso es muy valioso. Pero, de la misma manera, la Iglesia puede aportar en los planos educativo, científico, universitario y cultural, espacios donde todos podemos confluir y aprender a dialogar, respetar las diferencias y comprender la importancia de la justicia y la verdad. Porque nunca hay una verdadera sanación si la verdad se echa a un lado.

La verdad es importante: no se trata de barrer debajo de la alfombra. Es importante hablar las cosas con claridad para que la sociedad pueda superar esta etapa tan difícil y Cuba pueda sanar.

Mencionaba la educación, ¿cree que sea factible permitir o posibilitar la educación religiosa? ¿Por qué?
Pienso que sí. La educación religiosa en Cuba es importante y es necesario establecerla como un derecho porque, además, está refrendada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La familia debe tener derecho a escoger el estilo y los valores en los que educar a los hijos, incluidos los religiosos.

De hecho, en Cuba ese artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se está violando desde que comenzó el proceso político iniciado en 1959. Las familias cristianas en Cuba tienen una especie de divorcio entre lo que enseñan en el hogar y la educación que se establece en el sistema educativo cubano.

Yo pienso que es un derecho de la familia y no afecta en nada a la sociedad. Además, siempre existió en Cuba: las familias que así lo deseaban podían poner a sus hijos en colegios religiosos, y me parece que eso es sano y aporta riqueza a la sociedad en su conjunto.

¿Tiene esperanza en que logremos esos cambios necesarios y reconstruir el país?
Sí. Cuba tiene que cambiar, no debemos temer a ese cambio.

En la nueva Cuba —que deseamos construir— sería muy bueno convocarnos a todos, por encima de las ideologías y las creencias, y concentrarnos en el bien común, en reconstruir al ser humano, en aportar lo mejor de nosotros para aprender a sanar y dejar atrás una etapa particularmente difícil en todos los ámbitos para el pueblo de Cuba.

Ya merecemos recomenzar, merecemos hacer algo diferente de nuestro país, de la política, de la cultura, de la atmósfera social y cultural.

Pienso que deberíamos comprometernos con ofrecer lo mejor de cada uno de nosotros para que Cuba sea un país del cual podamos sentir orgullo, de nuevo.

Nota: Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21 «Cuba:
reconstruir y reinventar».

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