Las pandillas juveniles se expanden silenciosamente por Cuba, al calor de la crisis y las drogas. Por Juan Manuel Ricardo. Diario de Cuba.
Las pandillas juveniles se expanden silenciosamente por Cuba, al calor de la crisis y las drogas
Por Juan Manuel Ricardo
10 de junio de 2026

Una calle de La Habana en pleno apagón. Diario de Cuba
Nuevos grupos surgen en los barrios y en las prisiones. Sus integrantes hablan de juramentos de sangre, tatuajes de identificación, protección mutua y control de zonas.
Después de la reyerta múltiple entre pandillas en las afueras de la Finca de los Monos, en junio de 2024, el tema de las bandas juveniles en La Habana pasó a un segundo plano ante la relevancia de otros acontecimientos, como las protestas callejeras en los barrios.
Pero, en realidad, el problema no ha hecho más que empeorar desde entonces. En medio de la crisis sistémica de Cuba, las bandas juveniles hacen saltar las alarmas por su crecimiento exponencial y su transformación en verdaderas pandillas criminales vinculadas al tráfico del "químico" y otras drogas, así como a asaltos y robos.
En casi la totalidad de los barrios habaneros existen bandas, cuyos miembros se identifican por sus tatuajes. Destacan especialmente los municipios Arroyo Naranjo, Diez de Octubre, Cerro, Marianao, Guanabacoa, San Miguel del Padrón y La Lisa.
A las tradicionales del Diamante y Pacto de Sangre se suman varias bandas nuevas; entre ellas 100pabajo, de Santos Suárez; Faceta del Mundo, del Cerro; y agrupaciones surgidas en las prisiones como Obsorbo Fogo, Atá Perositan Nangorian, Justicha Allán y Miki Pintao. Las más peligrosas son las formadas en las cárceles, porque no se circunscriben a un barrio, sino que traspasan fronteras provinciales e incluso nacionales.
El propósito inicial de estos grupos era proteger a sus miembros de las amenazas provenientes de las autoridades o de otras bandas. Sin embargo, ante el debilitamiento del poder gubernamental, los grupos han ido ocupando espacios vacíos y ofreciendo "protección y seguridad" a zonas y barrios, con la justificación de evitar asaltos, arrebatos de móviles y otros delitos, así como de capturar a los delincuentes para someterlos al "castigo de la comunidad".
La cara más preocupante de este complejo fenómeno, que en muchos casos incluye la hermandad basada en creencias comunes, es la vinculación de las bandas con el tráfico del químico y otras drogas peligrosas, así como el control que ejercen sobre estas actividades.
Encontrar fuentes dentro de estos grupos es muy difícil y peligroso. Algunos integrantes accedieron a hablar con DIARIO DE CUBA bajo la condición de que sus nombres fueran cambiados. Así, Andy, de 21 años, dijo que se unió a una banda mientras estaba en la prisión de jóvenes del Guatao.
"Solo te puedo decir que tuve que hacer un juramento de sangre ante un documento; es decir, me cortaron de forma que la sangre cayera sobre el papel", relata. "Me hicieron una iniciación religiosa y me hicieron la pica (tatuaje) para identificarme".
"Me embullé por los socios de la galera. Es muy difícil sobrevivir solo en una prisión sin consortes que te protejan", explica. "Nos ayudamos como hermanos y el problema de uno es problema para todos. Ya salí de prisión y me mantengo vinculado con mis consortes de banda. No quiero quitarme, pero, aunque quisiera, no podría por el juramento que tengo hecho. La traición se paga con la muerte".
Un babalawo recién salido de prisión comentó que las bandas con presencia en las cárceles inventan rituales iniciáticos inspirados en prácticas religiosas, pero que nada tienen que ver con ellas, y más bien contradicen el espíritu de grupos como los abakuás.
Los miembros de las bandas carcelarias desconocen la cantidad de integrantes de sus organizaciones delictivas, que pueden sumar cientos de personas. Algunas incluso ya tienen miembros fuera del país.
Yosvany, de 19 años, dice ser miembro de la banda 100pabajo. "Estamos en Santos Suárez y otros barrios", precisa. "A veces nos reunimos en el parque de Santos Suárez y en el 'malecón sin agua [zona del mismo barrio]' para descargar y, de vez en cuando, arrebatar móviles o lo que se pueda", cuenta.
"Me encanta el ambiente de la guapería y esas tallas. Sí, he dado mis pinchazos, pero nunca he matado a nadie. También le descargo a los papelitos (el químico). No estudio ni trabajo. ¿Para qué? Nunca he pasado por prisión ni por el Servicio Militar. Tengo certificado de loco", añade entre risas.
"Cada vez que se va mucho tiempo la luz y los vecinos comienzan a tocar calderos, viramos los contenedores de basura en la calzada y les damos candela. Cuando llega la Policía, nos mandamos a correr; nunca me han cogido. Este país de pinga me tiene obstinado. No me gusta el comunismo", concluye.
El fenómeno de las bandas en La Habana y otras ciudades del país es como un iceberg del cual en este momento solo se ve una pequeña parte de la superficie. El grueso del problema permanece invisible y sigue creciendo lentamente, impulsado por la pobreza y la ineficacia estatal, hasta que un día se revele en toda su magnitud.





















