Sobrevivir en Cuba: el costo real de comer, cocinar y vivir. Por Periodista en Cuba. Cubanet.
Sobrevivir en Cuba: el costo real de comer, cocinar y vivir
Por Periodista en Cuba
Por Periodista en Cuba
Cubanet
30 de marzo de 2026
30 de marzo de 2026

Una pipa de agua en La Habana. (Foto referencial: CubaNet)
Falta muy poco para que, sin más rodeos, nos digan que hasta el agua potable deberemos importarla o adquirirla en dólares.
En La Habana un litro de gasolina se vende entre cuatro mil y cinco mil pesos, pero en las demás provincias ese precio asciende a mucho más. Adquirir un dólar —que es la moneda que marca el paso en el mercado interno, tanto en el formal como en el informal— cuesta más de 500 pesos, cifra que representa una buena tajada en los salarios y pensiones, que por lo general no sobrepasan los cuatro mil pesos mensuales.
Con esos pocos datos ya podemos tener una idea de cuán tenebrosa es la situación para millones de personas que, paradójicamente, intentando sobrevivir, han renunciado incluso al empleo, por lo costoso que resulta transportarse, alimentarse, vestirse, aliviar dolencias, dormir y hasta respirar, sí, literalmente respirar, en un país donde la solución a los basurales desbordados está en prenderles fuego y la alternativa a la escasez de electricidad y gas licuado para cocinar está en el carbón vegetal y la leña, y no porque sean baratos, sino por ser “menos caros”.
Una balita de gas, cuando aparece, cuesta sobre los 40 mil pesos, mientras un saco de carbón lo encuentras entre los dos mil y cinco mil, casi lo mismo que un poco de leña, si no tienes un monte cercano de donde extraerla, a escondidas del guardabosques y el policía, siempre dispuestos a amenazarte con una multa o a “ayudarte” con una extorsión. Porque hay que decirlo con toda honestidad: en Cuba hay una mayoría “puesta para el daño”, como decimos aquí, y eso, más que consecuencia de la dura realidad que nos rodea, está entre las causas principales de que la dictadura haya durado tanto tiempo. Demasiado.
La gasolina en cuatro mil y seis mil pesos preocupa fundamentalmente a ese pequeño porcentaje de personas que cuentan con el “privilegio” de poseer un auto o una moto —cuando no tienen una “asignación especial”, como “dirigentes”, militares, policías y chivatos—. Pero más alarmante que el combustible son los precios de los alimentos y de aquellas cosas necesarias, imprescindibles, ya para cocinarlos o ya para mantenerlos en óptimas condiciones; sin embargo, en la prensa oficial no abundan o no existen los reportajes sobre cuánto está costando comer en Cuba, aunque sí ya he visto más de uno sobre los precios de la gasolina en la calle.
«La prensa» en Cuba existe en función de la élite “dirigente” a la que pertenecen los medios, de modo que ese marcado interés en el tema del combustible, en cómo hoy se mueven los precios y mecanismos de venta clandestinos, mientras conscientemente y durante décadas han ignorado cómo y cuánto le cuesta a una familia poner comida en la mesa, es reflejo no solo de que esa élite come bien todos los días (y que su gran preocupación reside en alimentar un motor de combustión), sino, además, de un estado de las cosas donde el foco de atención está en defender privilegios (en Cuba, tener y rodar un auto lo es) y no en garantizar derechos fundamentales como la alimentación.
Cientos de miles de pesos cuestan una pequeña estación de energía portátil. También un sistema de paneles solares. Pero también cientos de miles de millones de pesos es posiblemente lo que sumen, en menos de un año, las pérdidas de alimentos y medicamentos en todos esos hogares donde los escasos ingresos impiden mantener una nevera funcionando en medio de los apagones, con alguno de esos dos artefactos que hoy se comercializan, sin asombro alguno por parte de la prensa oficial (que de vez en cuando hasta los promociona), en cientos y en miles de dólares. Sumas de dinero gigantescas con las que la familia cubana promedio —sin remesas del exterior ni “inventos”, sin privilegios ni complicidades con la dictadura— jamás podrá contar.
El régimen se queja por la gasolina cara en el mercado informal, por lo que inventan los coleros y pisteros en un país donde muy pocos están libres de “pecados”, pero ni se pregunta qué hace la gente para seguir con vida cuando las dos libras de picadillo de pollo que compran para “echar el mes” se les pudren por la caída del sistema eléctrico nacional. Tampoco le preocupan esas promociones comerciales donde las palabras “accesible” y “barato”, usadas para vender alimentos y equipos electrodomésticos imprescindibles para vivir, a algunos de nosotros, los mortales, nos parecen una ofensa.
En Cuba la palabra “barato” ya no significa lo que alguna vez, y lo que debe significar en otras realidades. Nada merece tal calificativo cuando los precios tampoco son tales, sino la constatación de un doble o triple “desprecio”: por la moneda nacional, por la gente que solo cuenta con ella para subsistir, y hasta por la vida, puesto que tal parecen fijados para discriminar entre quienes, en virtud de la moneda que lleven en los bolsillos, deben salvarse o están condenados a morir.
Cada día que pasa, los “desprecios” en dólares no solo están en las tablillas de ofertas de los comercios, en las cartas de los restaurantes y bares, en las “farmacias internacionales” (las únicas más o menos abastecidas), en las gasolineras y en las llamadas “tiendas recaudadoras de divisas” —por mencionar solo la parte más “pública” de la “dolarización”—, sino que aumentan su presencia en leyes y resoluciones lanzadas por el régimen —como la más reciente sobre la comercialización de la energía fotovoltaica—, donde se evidencia que la voluntad dolarizante no es “parcial”, sino total.
Falta muy poco para que, sin más rodeos, nos digan que hasta el agua potable deberemos importarla o adquirirla en dólares. Nos sacan tanto en cara el costo de mantener funcionando las estaciones de bombeo, de “los esfuerzos que hace el país” para reparar y ampliar las redes de distribución, de la “voluntad hidráulica”, que a veces pienso que están preparando el terreno para, en cualquier momento, soltar el bombazo del agua dolarizada, más cuando todo lo hicieron para llevar el líquido a los hoteles y no por nuestro bienestar, pero en ausencia de turistas que paguen la inversión, ya tenemos una idea de cómo la van a recuperar.
Nos tocará morir por hambre y sed. Por lo pronto, lo que les preocupa y hasta les roba el sueño es el precio de la gasolina.





















