El verdadero negocio detrás de los hoteles vacíos en Cuba. Por Periodista en Cuba*. Cubanet.
El verdadero negocio detrás de los hoteles vacíos en Cuba
Por Periodista en Cuba*
5 de agosto de 2026
Durante años, GAESA y las cadenas extranjeras priorizaron la construcción de nuevos hoteles mientras abandonaban instalaciones, servicios y sectores esenciales. La estampida hotelera y las sanciones no originaron la crisis: solo terminaron de exponerla.
LA HABANA.- Decir que el 73 por ciento de los hoteles en Cuba están cerrados como consecuencia de la estampida de las cadenas hoteleras extranjeras es tan inexacto como afirmar que las carencias, escasez, angustia e irritación cotidianas, de las que hablan tanto el primer ministro Marrero Cruz como el vicecanciller Fernández de Cossío, se deben al embargo del gobierno de los Estados Unidos y a la política de máxima presión de la administración Trump. Indiscutiblemente, estos dos factores han influido en el agravamiento de la crisis, pero esta ya estaba instalada aquí desde hace mucho tiempo, y como resultado de las políticas fallidas implementadas por un régimen incapaz de reconocer sus “errores” y, lo que es peor, de corregirlos.
Es precisamente el estar contra las cuerdas lo que ha llevado a la dictadura a reconocer esos “errores” que desembocaron en la catástrofe económica y social que hoy presenciamos, así como a revelar descaradamente, como por accidente, que no han sido “errores” sino el resultado de la perversidad que caracterizó las estrategias desplegadas por el Partido Comunista con los llamados “Lineamientos” que, como ahora con el paquetazo de las 176 medidas, apenas buscan “salvar la revolución y el socialismo” (entiéndase, salvarse ellos mismos al precio que sea necesario).
Volviendo a los hoteles cerrados y relacionándolo con las hoteleras que dicen marcharse de Cuba para evitar las sanciones de Washington, sería bueno apuntar un único detalle: las pérdidas que hoy anuncian, así como las que reportaron en sus informes de los últimos diez años, no son consecuencia del embargo sino del haber implementado con entusiasmo todos los paquetazos, corralitos financieros y bloqueos internos que les impusiera el régimen cubano como condición para continuar operando en la isla. Ellos aceptaron transformar el negocio de la hotelería, es decir, del mero alquiler de habitaciones, en “otra cosa” donde al parecer les era más rentable construir un nuevo hotel y operarlo todo el año sin huéspedes que dar mantenimiento a los ya existentes para así aumentar el índice de ocupación y la calidad de los servicios.
Entonces se impone preguntarnos por qué priorizaron inversiones sin garantías (cuando supuestamente no participaban de estas) por sobre operar con un mínimo de normalidad las instalaciones que administraban, y aunque se trate de un esquema de gran complejidad, la respuesta es sencilla: porque el negocio los beneficiaba.
El sayo le sirve muy bien a Meliá, y si no recordémosle cómo aceptó continuar administrando el emblemático hotel Habana Libre cuando durante años el Ministerio de Turismo le prohibió dar mantenimiento a la instalación, aún disponiendo de los recursos para hacerlo. Lo que se tradujo en pisos totalmente clausurados, sistemas eléctricos defectuosos y obsoletos, humedad en paredes y techos, infecciones de plagas en las habitaciones, mobiliario en mal estado y demás problemas fácilmente verificables en las calificaciones y opiniones que los huéspedes dejaran en páginas especializadas como TripAdvisor.
De paso igual recordemos el fatal accidente en el Meliá Habana, donde perdiera la vida una persona como consecuencia de una política deliberada de GAESA de postergar el mantenimiento de los ascensores y falsificar las certificaciones de operatividad, todo en virtud de disminuir gastos en las instalaciones abiertas y aumentar las inversiones en las que estarían por abrir, aún sin garantías de ocuparlas en el número indispensable para hacer rentable la inversión.
Meliá —como las demás hoteleras que ahora dicen marcharse por las sanciones—, aceptó las trampas, fraudes y jugarretas donde eran conscientes de unas “pérdidas” que solo podían aceptar tan de buena gana porque no eran tales, sino apenas cifras en rojo en unos informes que, sin dudas, no reflejaban la realidad de lo que estaba sucediendo en Cuba donde a los militares —y a sus cómplices— les resultaba más rentable económica y políticamente construir hoteles vacíos que lograr llenar los que ya existían y eran suficientes.
Más allá de que en el trasfondo de la decisión existiera una operación de lavado de dinero o de otro tipo, acorde con el entramado corrupto de las instituciones cubanas, tengamos en cuenta que una vez más, en medio de las “transformaciones” económicas, los comunistas han declarado el temor al capitalismo. No tanto por el capital —que mucho codician— y su acumulación por “ajenos” sino por las libertades políticas y la apertura democrática que potencialmente pudieran propiciar en una sociedad estratégicamente cerrada como la cubana.
El propio Miguel Díaz-Canel lo ha declarado en la Asamblea Nacional. Y ese temor no solo se traduce en una advertencia para los ingenuos y olvidadizos de que todo cuanto “abran” y acepten de último minuto para salvarse el pellejo será provisional. No será permanente, sino una muestra de que, así como en los años 90 la “apertura” al capital foráneo llegó con una férrea segregación entre cubanos y extranjeros —en una versión más light pero no menos cruel de la impuesta por Fidel Castro entre los años 60 y 80, cuando incluso hablar con un turista o un familiar residente en Miami podía ser juzgado como alta traición—, en estos tiempos la prohibición se ha mantenido como una muy consciente estrategia política. El fin quizá es evitar la contaminación ideológica (el temido “diversionismo ideológico”), aunque enmascarada esa prohibición en un bloqueo interno (políticas salariales y las contrataciones abusivas, el control de los sindicatos, el sistema de “cuadros” de dirección y su manejo y fiscalización por la policía política) que las empresas extranjeras han aceptado a sabiendas de su propósito, con lo cual se convierten en cómplices.
Mucho antes del actual contexto político el propio Ministerio de Turismo contaba por decenas los hoteles cerrados y abandonados incluso allá en Varadero y en los cayos donde la construcción de nuevos hoteles jamás se detuvo, incluso en medio de la Pandemia de Covid-19, cuando faltaron el oxígeno y los medicamentos en los hospitales pero no el cemento y el acero importados por las empresas constructoras militares. También se contaban por miles los trabajadores desempleados, u obligados a mutar de personal de servicio a fuerza constructiva, una vez que daban la orden de cerrar un hotel por déficit de ocupación y construir otro nuevo. De modo que esos 25 mil que hoy atribuyen a la estampida de las hoteleras, serían en realidad los mismos de años atrás más otros que se suman al ejército de desempleados que ha forjado no el turismo, sino la fiebre de construir hoteles vacíos.
Todo indica que, en algún momento de los últimos veinte años, que coinciden con el período de mayor influencia de GAESA en el diseño y control de la economía cubana, la apuesta por el turismo y convertir a Cuba en el destino más importante de la región se transformó, en complicidad con las mismas hoteleras que ya operaban en la isla, en un negocio colateral que colocó en su centro las inversiones por las inversione. Cuyo único propósito es atraer capital foráneo en grandes cantidades y lo más rápido posible. Ya sea para acumularlo, cuando los comunistas se convencieron con la visita de Barack Obama que el mito del “imperialismo malo” no les funcionaba y probablemente hasta diseñaron un plan B de escapada; ya para emplearlo en reforzar el aparato represivo cuando se hacía demasiado posible un estallido social o una caída del sistema por su propio peso.
En todo caso, mientras se hacían inmensamente ricos construyendo hoteles (tanto los militares como las empresas extranjeras que negocian con ellos), desatendieron deliberadamente todo eso de lo que hoy carecemos (agua, electricidad, alimentos, salud, y hasta la idea de convertir la isla en un destino turístico atractivo, que apenas quedó en pretexto). A fin de cuentas, la revolución y el socialismo siempre han sido la prioridad y todo lo demás puede ser sacrificado en su nombre.
*Periodista en Cuba
La Habana, 1973. Colaborador de Cubanet desde 2015 donde escribe análisis político y económico e investigaciones. Cubanet protege la identidad de quienes lo soliciten a partir de los riesgos que enfrentan. Su identidad real ha sido verificada por el equipo editorial de Cubanet.
Especialización: Análisis político, periodismo de investigación.
La Habana, 1973. Colaborador de Cubanet desde 2015 donde escribe análisis político y económico e investigaciones. Cubanet protege la identidad de quienes lo soliciten a partir de los riesgos que enfrentan. Su identidad real ha sido verificada por el equipo editorial de Cubanet.
Especialización: Análisis político, periodismo de investigación.





















