Los desvaríos de los decepcionados del castrismo. Por Luis Cino. Cubanet.

Propaganda política sobre cartel de mercado agropecuario en La Habana (Foto: Diario de Cuba)
Más comunistas que sus dirigentes, no aciertan a entender a dónde rayos conducen el país los mandamases.
LA HABANA, Cuba.- Las 176 medidas –una hibridación de terapia de choque con cura de vinagre y sal para mataduras de caballos– con las que los mandamases de la continuidad pretenden ojalateramente sacar la economía cubana del estado agónico en que se encuentra, han conseguido multiplicar las confusiones, la decepción y el descontento entre muchos que hasta hace poco eran incondicionales adeptos del castrismo.
Sucede principalmente entre ancianos que fueron devotos de la revolución de Fidel Castro, por la que hicieron todo tipo de sacrificios y a la que dedicaron todas sus fuerzas durante décadas, y ahora, viéndose casi al borde de la indigencia, más que abandonados, se sienten traicionados.
Infatuados por el marxismo-leninismo de los manuales soviéticos que una vez les hicieron ingerir y del que, aunque mal explicado y peor aprendido, nunca han logrado desprenderse, más comunistas que sus dirigentes, no aciertan a entender a dónde rayos conducen el país los mandamases si no es a la restauración capitalista.
«Vamos derechito hacia el capitalismo, pero sin sus bondades ni beneficios y sí con los rigores del comunismo. ¡Mira que criticamos el capitalismo salvaje, y ahora esto qué coño es! Que me expliquen en qué me beneficia que me cobren el gas en dólares o que haya farmacias privadas en las que de tan caros no podré comprar los medicamentos que necesito» —escuché comentar a un vecino que es militante del Partido Comunista desde hace más de 50 años, pero dice estar a punto de devolver el carné rojo de tan desencantado que se siente.
Como no encuentran respuestas ni mucho menos soluciones a sus problemas, las elucubran entre ellos cuando, en una cola o en el portal, en una noche de apagón, coinciden dos o más de estos comunistas “desmerengados”, como los llamaría su añorado Comandante.
No se cansan de repetir que “estas cosas no pasaban con Fidel”, porque ellos se niegan a aceptar que el idolatrado Máximo Líder fue quien originó la mayoría de los actuales males, y que los logros que tuvo se debieron no tanto a sus habilidades como a la tubería de dinero, petróleo y recursos que le tenía conectada la Unión Soviética a su finquita caribeña.
A los neoestalinistas que quieren rescatar para el comunismo al régimen de la continuidad posfidelista, lo mismo los puedes escuchar, en sus disquisiciones y desvaríos, para acabar con la inflación, abogar por los topes de precios, la requisa de las mercancías de las mipymes y la instauración del comunismo de guerra al modo bolchevique, que a favor de dar luz verde a la propiedad privada «para destrabar las fuerzas productivas, pero eso hasta que el Estado esté otra vez en condiciones para volver a cortarles las alas a los particulares y retomar el control de la economía».
Pero están también los que ya renunciaron definitivamente a la perfectibilidad del socialismo castrista. Si acaso, aspiran —como me dijo un exoficial de las FAR, sin disimular su amarga resignación— a «conservar lo poco salvable que queda de lo que se pudo y nos dejaron hacer».
Dijo el exoficial (y asegura que muchos de sus colegas piensan como él): «Díaz-Canel debe dimitir por incapaz, y si no lo hace, para evitar que todo siga empeorando y se acabe de joder esto más de lo que está, que lo deponga el Ejército, que es quien único puede evitar que se produzca un caos. Que una junta militar asuma provisionalmente el Gobierno, aparte a los inmovilistas de la dirigencia y que, para evitar una guerra y un baño de sangre, proponga a los norteamericanos, a cambio del levantamiento del bloqueo, medidas que conduzcan a una transición paulatina y ordenada a una democracia donde no estén excluidos los comunistas».
Cuando converso con este exoficial y con otros de estos desencantados y escucho el recuento de los muchos buches amargos que tuvieron que tragar durante sus años de servicio al régimen, me pregunto cómo fueron capaces de soportar tanto oprobio. Si tan fuerte era su amor por “la causa”, pueden ustedes calcular, al escuchar sus quejas, cuán grande es el dolor que sienten hoy viendo el derrumbe de todo aquello en lo que una vez creyeron. Un dolor tan grande que los ha hecho aceptar incluso la posibilidad de que sea “el enemigo del Norte” quien los ayude a salir del callejón sin salida en el que está Cuba.
Algunos de estos desencantados de última hora le hacen más daño que bien al cambio con sus actitudes. Como esos elitistas con ínfulas intelectuales que ahora quieren embellecer e idealizar el camino al cambio como mismo idealizaron antes a la revolución y al socialismo, del que ahora reniegan, pero sin algarabía.
Espantados por lo que consideran “la chusmería de la plebe inculta” y “la gritería de las chancleteras y los descamisados”, aseguran que los cacerolazos nada resolverán y menos todavía los insultos contra los gobernantes.
Con eso me recuerdan aquel cántico de: “Nosotros, los negros finos, hemos decidido no tocar más rumba, no tocar más rumba, no tocar más rumba…”.
¿De qué modo querrán que sean los reclamos de un pueblo exasperado por el hambre y las penalidades de todo tipo y al que, a fuerza de imposiciones y prohibiciones, no se le permitió expresarse de otro modo para hacerse sentir que no fuese a gritos, con palabrotas y manoteando?
¿Será que los intereses y aspiraciones para el futuro de esos desencantados de última hora tienen más que ver con los de la nueva burguesía de los barrios congelados de la elite que con los de los moradores de Centro Habana, Diez de Octubre y Arroyo Naranjo?





















