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Prisiones cubanas: propaganda oficial frente a una larga historia de represión. Por René Gómez Manzano. Cubanet.

Prisiones cubanas: propaganda oficial frente a una larga historia de represión
Por René Gómez Manzano
Cubanet
20 de septiembre de 2026

El infierno en cárcel cubana K8: parte 3 - you tube Telemundo 51 Miami


La propaganda que el régimen de La Habana hace a sus prisiones nos hace recordar el refrán: “Dime de qué presumes…”

Este miércoles, al diario Granma, órgano oficial del régimen castrocomunista, se le ocurrió entonar loas ¡nada menos que a su extensísima red carcelaria! El título, pretencioso y embustero, nos dice lo esencial de las aspiraciones de la autora, Angélica Paredes López: “Sistema penitenciario cubano: 65 años de una obra justa y humana”.

La pretensión propagandística no deja de resultar sorprendente. Estamos acostumbrados a los reportajes cubanos en los que se plantean maravillas sobre —digamos— la educación, la salud pública o los deportes. Es verdad que, en estos campos, los supuestos “logros” del castrismo no son tales, pues el inoperante sistema ha demostrado ser incapaz de sostenerlos. Así se ha puesto de manifiesto ahora, cuando se terminaron las dádivas de la Venezuela chavista y todo cayó en el más absoluto desastre.

¡Pero que se pretenda exaltar las numerosas “islas” del “Archipiélago DGEP” (Dirección General de Establecimientos Penitenciarios del Ministerio del Interior)!… Eso es —creo— algo que rebasa los límites de la más exaltada imaginación de cualquier alabardero del impresentable régimen de La Habana.

La escribidora castrocomunista no muestra el menor comedimiento: “obra humana y justa por encima de todo”; “convertir las prisiones en escuelas significa creer en el ser humano”; “desmantelar el oprobioso y despiadado régimen carcelario heredado del capitalismo e instaurar una institución verdaderamente revolucionaria despojada de los abusos y crímenes del pasado”. He ahí algunas de sus líneas.

Por supuesto, que a esas afirmaciones grandilocuentes y mentirosas debemos hacerles todas las objeciones del mundo. Para empezar, debo recordar que el autor de las presentes líneas habla con conocimiento de causa, pues fue huésped involuntario del Archipiélago DGEP en dos temporadas: de 1997 a 2000, a raíz de emitir junto a tres hermanos el manifiesto La Patria es de Todos, y de 2005 a 2007, en represalia por la mayor reunión de opositores y disidentes realizada en Cuba en todos estos años: la celebrada por la Asamblea para Promover la Sociedad Civil en lo que era el patio de la casa en la que residía el profesor Félix Antonio Bonne, en el Reparto Río Verde.

Como ya casi se cumplen dos decenios de mi más reciente experiencia de ese tipo, me parece adecuado no acudir a mis vivencias, que son ya antiguas. Con respecto a los atropellos de todo tipo que se perpetran en las prisiones cubanas, prefiero remitirme a las valientes denuncias que, con gran valor, y semana tras semana, hacen los prisioneros actuales o recientes. La prensa independiente está cuajada de ellas.

Pero hay otros aspectos que conviene señalar al hablar de la red penitenciaria cubana. En primer lugar, la extensión impresionante que ella ha experimentado en estos años de revolución. Bajo el capitalismo, los centros carcelarios de toda Cuba podían contarse con los dedos de las manos. Los recluidos en ellos eran unos pocos miles. Recuerdo que, en mis años mozos, era rarísimo conocer a alguien que tuviese un familiar preso.

Bajo el socialismo, el archipiélago penitenciario creció de manera exponencial. Hoy son centenares las instituciones de ese tipo que pululan por toda Cuba. De conformidad con ello, también ha crecido de modo impresionante el número de los cautivos. Siempre me gusta citar una afirmación que, hace años, hizo la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional: “Más del 10 % de los adultos de la Isla ha estado preso en alguna ocasión”.

Es probable que, con el paso del tiempo, ese porcentaje se haya incrementado, pero, aun tomando esa cifra de cierta antigüedad, el dato no deja de ser impresionante. Supongo que, a nivel internacional, ello se traduzca en que Cuba ostente el triste privilegio de ocupar, en ese infamante rubro, uno de los primeros lugares a nivel mundial…

Para alcanzar eso (que sin duda sí es un “logro de la Revolución”) se han conjugado varios factores. Aquí conviene mencionar el incremento de la delincuencia desatado por el régimen socialista; también el aumento brutal de las sanciones imponibles por los delitos más comunes (como, digamos, el hurto). Bajo el castrismo, las penas previstas en el viejo Código de Defensa Social fueron multiplicadas varias veces.

Pero en ese resultado también incidió el despiste teórico de los represores. Recuerdo una perorata que escuché siendo un joven recién graduado de Derecho en Moscú. El expositor planteaba que las sanciones de prisión eran preferibles a las multas. Estas últimas, decía, afectaban también a los familiares del recluso, que eran inocentes.

La pregunta que se imponía era: ¿Y acaso el encarcelamiento no? Este implica el cese del salario devengado por el recluso. ¿Y qué decir de los gastos generados por las visitas a la prisión y la confección de las “jabas de alimentos” para complementar, al menos en parte, la deficiente alimentación carcelaria!… Nada, que con “teóricos” como aquel, el fracaso estaba garantizado.

Pero no solo se incrementó el número de las prisiones y de los recluidos en ellas. También se redujo (¡y de modo impresionante!) la calidad de las primeras. No debemos olvidar, en este contexto, la campaña propagandística que contra el Presidio Modelo de Isla de Pinos orquestaron desde un inicio los comunistas. ¡Comenzando por Pablo de la Torriente Brau!

Y, sin embargo, más allá de determinados abusos que hayan podido cometerse en él, resulta indudable que, desde el punto de vista constructivo, las imponentes circulares de nuestra segunda isla poseían las mejores condiciones para cumplimentar una tarea esencialmente ingrata, cual es la de mantener hombres encerrados.

El panóptico permitía una observación fácil de los carceleros sobre el conjunto de los reclusos. Las celdas individuales pusieron fin a las agresiones que solían perpetrarse aprovechando el descanso nocturno de los reos. Y esto por citar solamente las dos ventajas más significativas —creo— del mencionado Presidio Modelo.

Los centros penitenciarios creados por el régimen castrocomunista no admiten la menor comparación con aquello. El grueso de su red carcelaria está constituido por los llamados “campamentos”. Se trata, en puridad, de lo que con un lenguaje más preciso es conocido en el mundo como “campos de concentración”.

Estamos hablando de un invento comunista, pues aunque muchos asocian esos centros al régimen hitleriano, ¡no debemos olvidar que los primeros de ese tipo surgieron en la Rusia estalinista! ¡No digo yo si los castristas han preferido dejar abandonado y desactivado el Presidio Modelo, que no puede ser destinado a otro uso!

En resumen: ¡Muy mal tienen que marchar los temas de la propaganda castrocomunista cuando a su órgano central se le ocurre nada menos que entonar loas a su impresentable sistema penitenciario! Y aquí surge una pregunta: Si las cosas marchan tan bien en las cárceles cubanas, ¿por qué el régimen no permite que sean visitadas por organismos independientes?

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