De sed y del alma se muere La Habana. Por Ana León. Cubanet.

Residentes de La Habana hacen fila, en agosto de 2026, para cargar agua de un camión cisterna (Foto: 14ymedio)
La Habana se muere de sed, tragada por la inmundicia, al borde de un brote epidémico devastador. Pero también se muere del alma en medio de una catástrofe de proporciones civilizatoriasUn mediodía reciente, mientras abría la puerta de mi edificio, se me acercó un muchacho con una cubeta y un galón de tres litros, ambos vacíos. Tendría poco más de 20 años, moreno y espigado. Andaba descalzo, con el torso desnudo, un short muy usado y una expresión de agotamiento en los ojos. Me miró, indeciso, y lanzó su petición a la carrera: “Mimi, ¿tú crees que me puedas llenar de agua esta cubeta y este pomo? Media cubeta, aunque sea. Hace dos días que no me baño”. Aunque intentó sonar amable, su voz arrastraba la dureza de quien había recibido varias negativas y esperaba otra.
En mi barrio de Centro Habana tampoco hay agua. El problema no es nuevo, pero hasta las zonas donde entra por gravedad se han visto afectadas. La falta de electricidad no permite conectar las bombas (ladrones) instaladas a la entrada de solares o edificios multifamiliares de varios pisos donde por estos días, a cualquier hora, hormiguean los vecinos cargados de pomos, yendo y viniendo con el agua que pudieron conseguir, a veces gracias a la solidaridad de otros, a veces pagando.
Si hace algunos meses era habitual ver a las mismas personas desplazarse varias cuadras para llenar dos o tres galones, hoy se ha multiplicado el número de necesitados. Un padre y su hijo adolescente transportan sobre un bicitaxi, Belascoaín arriba, un tanque de 55 galones. Empujan el vehículo despacio para no derramar una gota. Dos mil pesos les costó llenarlo y tiene que durarles toda la semana, a la espera de que Aguas de La Habana recuerde que es una empresa del pueblo y bombee, aunque sea durante un par de horas, para asegurar otro poco.
Un hombre sale de un edificio en la calle Zanja y corre Belascoaín abajo empujando un vagón de albañilería donde carga un bidón enorme y un tanque pequeño llenos de agua. Está tan delgado que el peso del vagón lo hace perder el balance en la pendiente. A punto estuvo de caer, pero un joven que pasaba en una motorina frenó en seco, detuvo el impulso del vagón con la rueda delantera y, agarrándolo del brazo, lo ayudó a enderezarse. El hombre le dio tantas veces las gracias que el muchacho terminó llevando el bidón en la motorina hasta la puerta misma de su casa, aliviándole la carga al menos por esa vez.
En cada pasillo donde existe una “pila bajita” monta guardia un centinela, un vecino atento al más leve humedecimiento del metal, para dar la voz. Otra espera que se suma a la espera cotidiana de que vuelva la corriente, porque el sino de este pueblo es esperar. Pero, a diferencia de lo que ocurre en el apagón, durante el cual la gente se las agencia con lámparas recargables, velas, linterna del celular o, simplemente, resignación a oscuras, para la falta de agua no hay alternativa. El agua no admite sucedáneos. Si no hay, nos morimos. Y no hay. Lo que sí hay es mucha basura, tanta que no cabría siquiera en una de las dilatadas descripciones de Víctor Hugo.
La indolencia institucional, sumada a la perversidad de quienes gestionan recursos, contribuye a empeorar el panorama. Durante la última rotura en la conductora Cuenca Sur, el chofer de una pipa asignada a una cuadra que llevaba casi dos semanas sin recibir agua se molestó porque los vecinos, nada más ver aparecer el carro cisterna, se lanzaron con cuanto recipiente vacío pudieron hallar. Su respuesta, al ver el tumulto, fue cerrar la válvula y abandonar el lugar como si la pipa y el agua le pertenecieran, dejando a toda aquella gente seca, con un grado de frustración tal que, si un funcionario del gobierno hubiese tenido la mala suerte de aparecer por allí, probablemente no hubiera salido vivo.
La gravedad de las circunstancias que atraviesa el país ha acentuado el temor y la desconfianza a un nivel que puede llegar a ser paralizante, incluso cuando se quiere ayudar. Fue el miedo lo que me hizo dudar y no poder ofrecerle al muchacho de la cubeta y el galón de tres litros la única respuesta posible a su petición. Parado frente a mí, con expresión hosca y a la vez suplicante, me tendía los recipientes vacíos y yo solo podía pensar en si sería conveniente permitirle el acceso al edificio en que vivo, a mi casa, a un desconocido, sabiendo que en Cuba los delitos violentos son moneda corriente y sus efectos son cada vez más letales. El conflicto que en ese momento me aplastó y hasta hoy me sigue hostigando fue interrumpido por la llegada providencial de un amigo que resolvió el problema subiendo conmigo a mi apartamento con la cubeta y el galoncito, mientras el muchacho esperaba en la acera de enfrente, resguardándose del sol.
No pude evitar pensar que, en una Cuba más amable, una Cuba que viví y amé, y de la que apenas quedan huellas, yo lo hubiera invitado a subir sin recelo, le hubiera ofrecido agua fría y, si gustaba, un café. Lo hubiera tratado conforme a la educación que recibí de mis padres y a lo que dictan las más elementales normas de hospitalidad. No lo hice y la imagen de su espalda desnuda, laminada de sudor, su cuerpo ladeado por el peso de la cubeta y sus pies descalzos recorriendo una calle que era puro fuego y churre, hace que me juzgue con severidad.
La Habana se muere de sed, tragada por la inmundicia, al borde de un brote epidémico devastador. Pero también se muere del alma en medio de una catástrofe de proporciones civilizatorias. Nos mata no poder ser como somos por temor a esto en que nos hemos convertido.





















