Bajo la sombra de una jeringuilla gigante, Cuba sigue siendo el país de la espera. Por Yoani Sánchez. 14ymedio.
Bajo la sombra de una jeringuilla gigante, Cuba sigue siendo el país de la espera
Por Yoani Sánchez
14ymedio
25 de junio de 2026
Por Yoani Sánchez
14ymedio
25 de junio de 2026

Desde la acera observo nuevamente el obelisco y pienso en Finlay, el científico que dedicó su vida a combatir las enfermedades transmitidas por un mosquito. / 14ymedio
Los mosquitos siguen picando junto al monumento al científico que combatió la fiebre amarilla
La Habana/Hay monumentos que cobran una lectura diferente con el paso del tiempo. Este miércoles caminaba cerca del Obelisco de Marianao, esa aguja de piedra levantada en homenaje al doctor Carlos J. Finlay, y no pude evitar reparar en la ironía. La estructura se alza elegante, con esa forma que recuerda una gigantesca jeringuilla, pero bajo su sombra, en la Cuba de 2026, conseguir una simple aguja hipodérmica o un antibiótico suele depender de tener familiares en el extranjero o de aventurarse en el mercado informal.
Era media mañana cuando llegué a esa amplia zona donde se concentran varios centros sanitarios: el Hospital Pando Ferrer, que muchos siguen llamando la Liga contra la Ceguera; un policlínico y la popular Maternidad Obrera. Un poco más allá, también está Ciudad Libertad, antiguo Campamento Columbia. Un fragmento de ciudad donde el incesante trasiego de pacientes, acompañantes y personal sanitario pone a prueba unas redes de transporte que hace mucho dejaron de funcionar con normalidad.
Veo a una mujer con un ojo vendado acercarse a un viejo Chevrolet que acaba de detenerse para recoger pasajeros. Para llevarla hasta Infanta y San Lázaro, en Centro Habana, el chofer le advierte que el viaje cuesta 1.000 pesos. El precio basta para disuadirla. Da un paso atrás y vuelve a la acera. Unos metros más allá, una joven embarazada intenta convencer al conductor de un destartalado Ford para que la acerque hasta el puente sobre el río Almendares. “No te puedo dar más de 300”, aclara. El hombre niega con la cabeza y arranca.
Los verdaderos protagonistas de la avenida son los triciclos eléctricos. Van tan cargados que apenas consiguen avanzar. En sus estrechos asientos viajan pacientes recién dados de alta, enfermeras que terminan una guardia de veinticuatro horas, familiares cargados con bolsas de aseo, médicos que intentan llegar a tiempo al relevo y ancianos que regresan a casa después de una consulta por la que esperaron durante meses. Algunos están tan cansados o son tan mayores que apenas logran salvar el alto escalón para subir al vehículo.
En menor número circulan algunos almendrones supervivientes y un puñado de motocicletas. El resto del tráfico parece haberse evaporado junto con el combustible. La cercana parada de ómnibus tiene el aspecto de una sala de observación médica. Rostros agotados, abanicos improvisados con radiografías y conversaciones que terminan desembocando, inevitablemente, en los apagones, la gasolina o los hospitales. Una mujer cuenta que le robaron el teléfono móvil mientras cuidaba a su hija recién parida en el Materno. “Fui al baño y cuando regresé ya no estaba”. Los ladrones también se llevaron “el conjunto amarillo con el que el niño iba a salir del hospital, en honor a la Virgen de la Caridad”.
La cola del cercano Banco Metropolitano es tan extensa que se ha desparramado por la acera y casi alcanza la rotonda de 31 y 100. Los clientes se aprietan bajo los flamboyanes florecidos mientras esperan que regrese la electricidad y la sucursal pueda volver a pagar esas pensiones y salarios que perderán buena parte de su valor antes de que termine la semana. Algunos ancianos han traído sillas plegables; otros, pomos con agua; alguno hasta un libro. Esperar se ha convertido en la actividad que más tiempo ocupa nuestros días.
Dice una amiga que cada mañana se despierta mirando el horizonte, convencida de que algún día verá aparecer una enorme silueta acercándose desde el mar. Un vecino de la calle Tulipán asegura que lleva tres años aguardando a que alguno de sus dos hijos le envíe un paquete con pollo congelado, aceite y unas galletas de soda de esas que ve anunciadas en internet pero que no prueba desde hace décadas. Mi antigua profesora de Historia vive pendiente del correo electrónico donde un día le comunicarán si le aprobaron el visado que le permitirá llegar a uno de esos países que sirven de primer peldaño para emprender la ruta hacia el Sur, la misma que siguen recorriendo miles de cubanos cada mes.
Nos hemos convertido en el país de la espera, en la nación del compás suspendido. Hay quien espera que vuelva la corriente eléctrica; otros, que aparezca el agua por la tubería; muchos aguardan el ómnibus que no llega, la medicina que nunca entra en la farmacia, la llamada desde el extranjero, el permiso, el paquete, el dinero, la noticia que cambie el rumbo de sus vidas. Esperamos tanto que el verbo ha dejado de ser una acción para convertirse en un lugar donde habitamos.
Desde la acera observo nuevamente el obelisco y pienso en Finlay, el científico que dedicó su vida a combatir las enfermedades transmitidas por un mosquito. Mientras paso junto al monumento siento un par de picadas en los tobillos. Doy unos salticos para espantar a los insectos, me golpeo las piernas con la sombrilla cerrada y me reprocho haber olvidado echarme repelente antes de salir de casa.
Una enfermera presencia mi estrambótica danza y se ríe. “Ya los mosquitos no pican, ahora muerden”, bromea.
Tiene razón. No son solo los mosquitos. Muerde el calor que no da tregua durante los apagones; muerden las colas interminables; muerden los precios, la incertidumbre, la escasez y ese reloj inmóvil que parece haberse instalado sobre el país. La realidad entera se ha vuelto una boca insaciable que nos va arrancando pequeños pedazos cada día. Somos fragmentos de gente intentando llegar a alguna parte mientras deseamos que aparezca, al fin, la vacuna contra tanta parálisis nacional.





















