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1ra PARTE- LA MÚSICA CLÁSICA EN CUBA, LOS GRANDES OLVIDADOS. Por el Doctor Alberto Roteta Dorado.

Doctor Alberto Roteta Dorado.- Santa Cruz de Tenerife. España.- Cuando se hace referencia a la música cubana, lamentablemente, se insiste sobremanera en la llamada música popular. Esto trae como consecuencia que en el mundo se crea que la mayor de las islas caribeñas solo dio músicos, compositores e intérpretes de esta variante de la música. Sin embargo, en Cuba nacieron o desarrollaron sus carreras artísticas numerosas personalidades dedicadas a la música de concierto, sacra, óperas y zarzuelas, entre otras variantes de la llamada música culta o clásica.

El desconocimiento, el olvido o la degradación general que ha experimentado la sociedad cubana como consecuencia del comunismo impuesto por mas de seis décadas, ha dado lugar a que grandes músicos jamás sean mencionados, y lo peor, su obra ha quedado sepultada, al menos, por ahora. Si se realizara una encuesta, con seguridad nadie sería capaz de mencionar a compositores de música clásica cubana, ni a intérpretes líricos y mucho menos a directores orquestales, pianistas, violinistas, entre otros instrumentistas. En cambio, si de música popular y bailable se tratara, las respuestas acertadas no se harán esperar. Un listado de nombres como los de Celia Cruz, Benny Moré, La Lupe, Blanca Rosa Gil, Elena Burke, Meme Solís, Juan Formell, Chucho Valdés, entre otros tantos, serían pronunciados por los supuestos encuestados.

Con este escrito pretendo hacer un poco de justicia a aquellos que han quedado en el olvido, y que, sin embargo, se destacaron sobremanera dentro del ámbito de la música clásica, o de la popular más selecta. Espero que en un futuro no muy lejano los nombres de figuras tan inmensas como Ignacio Cervantes, Manuel Saumell, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, César Pérez Sentenat, José Ardévol, Harold Gramatges, entre otros, puedan reemerger de las profundidades del olvido.           

Procedente de Holanda, llegó a La Habana Hubert de Blanck, (1856-1932), destacado compositor, pianista y pedagogo, lamentablemente, olvidado en nuestros días. Con una exquisita formación musical y una sensibilidad sinigual, se presentó, a los trece años, en un concierto ante la familia real de Bruselas. Ya había recibido las primeras lecciones de música de su propio padre, el violinista Wilhelm de Blanck. A los nueve años ingresó en el Conservatorio de Lieja, Bélgica, donde estudió piano con Felix-Etienne y solfeo y teoría con Sylvain Dupuis. Ofreció recitales en muchos países como Rusia, Suecia, Alemania, Suiza, Noruega, Dinamarca, Brasil, Argentina y Estados Unidos, en este último país como solista de la Orquesta Sinfónica de Nueva York.

En 1885, de Blanck fue encarcelado por el gobierno español, en Cuba, debido a su militancia en la Junta Revolucionaria de La Habana, y más tarde fue deportado. Se radicó entonces en Nueva York, donde ofreció clases privadas y participó en conciertos como pianista acompañante. Al finalizar la guerra de independencia regresó a La Habana y fundó el Conservatorio Nacional de Música, donde desarrolló una notable labor como pedagogo.

(Foto debajo)- Con una formación de excelencia, el maestro holandés Hubert de Blanck se estableció en La Habana, donde se destacó, fundamentalmente, en la enseñanza musical. Fundó el Conservatorio Nacional de Música.  

 

Su obra permanece sin interpretarse jamás en los conciertos habituales de los escenarios cubanos. Hay una pequeña sala de teatro en la capital cubana que lleva su nombre; aunque los visitantes de dicho teatro y ni siquiera los actores saben quién fue realmente el maestro Hubert de Blanck. Nos dejó obras para orquesta sinfónica: “Canto fúnebre”, “Capricho cubano”, “Concierto para piano y orquesta”, “Suite Sinfónica”, “Obertura”, entre otras. Obras de cámara: “Danza infernal”, “Escena campestre”, “Trío para violín, cello y piano”, numerosas obras para piano y las óperas: “Hicaona” (1889) “Los hijos de los peregrinos” (1891), “Patria” (1889) y “Actea” (1905).

De estas obras, solo se ha representado en pocas ocasiones “Patria”. Su estreno tuvo lugar en 1906, siendo interpretada por la soprano Esperanza Pastor, el tenor José de Campo y el barítono Joaquín García; aunque en 1899 se había representado parcialmente interpretada por la cubana Chalía Herrera y el italiano Michele Sigaldi, dirigidos por el propio maestro Hubert de Blanck. Se repuso en 1922, y luego, más de medio siglo más tarde, volvió a subir a escena en 1979 bajo la dirección de Miguel Pinto. En esta ocasión contó con las actuaciones de las sopranos: Venchi Siromájova, Lucy Provedo y Lidia Valdés, los tenores: Jacinto Zerquera, Orestes Lois y Mario Travieso, así como de los barítonos: Romano Splinter, Ángel Menéndez y Pedro Arias.

Nacido en Cienfuegos, hijo del músico cienfueguero Tomás Tomás de Clouet, el flautista, compositor y musicólogo Guillermo Tomás (1868-1933), ha sido uno de nuestros músicos que tuvo una mejor formación. Fue discípulo del compositor español Sebastián Güell y del también español Antonio de la Rubia. Recibió clases además del destacado músico cubano José Manuel Jiménez Lico y de Ramón Solís. El conservatorio de música adscrito a la Universidad de Nueva York le otorgó el grado de Doctor en música en 1911.

(Foto debajo)- Guillermo Tomás desarrolló una encomiable labor didáctica al ofrecer una serie de ciclos de conciertos con obras de todos los períodos y de todas las nacionalidades, incluyendo los compositores cubanos.

 

Se presentó con su esposa, la soprano dramática Ana Aguado y el pianista Rafael Navarro en el Hardman Hall en un concierto organizado por nuestro héroe y apóstol José Martí, en 1890, en Nueva York. Fue nombrado director de la Orquesta Sinfónica de la Clioniam Musical Society, de Brooklyn. Desde su regreso a Cuba en 1899 su trabajo fue desarrollado en la Habana al frente de Bandas de música de concierto. Dio a conocer en Cuba, en los primeros años del siglo veinte, las obras de los más grandes compositores europeos desde Haydn y Mozart hasta Wagner, en arreglos para el formato de Banda de Conciertos.

Al frente de la Banda de música del Cuerpo de la Policía Nacional desarrolló una encomiable labor didáctica al ofrecer una serie de ciclos de conciertos con obras de todos los períodos y de todas las nacionalidades, incluyendo los compositores cubanos: Laureano Fuentes, José Miguel Jiménez, Gaspar Villate, Ignacio Cervantes y Nicolás Ruíz Espadero. Compuso sobre todo para banda: “Serenata cubana”, “Himno de gloria”, “Un viaje a una plantación cubana”, “Un viaje a un ingenio cubano”, “Gran fantasía cubana”, “Tres Danzas Cubanas”, “Danzas Intimas”, “Hoja de mi breviario”, entre otras; así como algunas obras para orquesta sinfónica, música coral, de cámara, y para piano.

El siglo veinte se inicia en nuestro país, desde el punto de vista musical, con una reunión social con intereses artísticos en casa de los señores Sell y Guzmán. Críticos y periodistas de la época escucharían a fines de 1900 la primera audición privada, solo ejecutada al piano, de la ópera “Il Naufrago” del maestro Eduardo Sánchez de Fuentes. Dicho acontecimiento tuvo, además de la oportunidad del estreno de la partitura de Sánchez de Fuentes, la posibilidad de apreciar a uno de nuestros grandes pianistas: Ignacio Cervantes, quien fuera el pianista acompañante. Meses más tarde se representaba dicha ópera en el antiguo Teatro Tacón por una compañía extranjera. 

(Foto debajo)- Eduardo Sánchez de Fuentes. Su mundialmente conocida habanera “Tú”, además de “Corazón” y “Quiéreme así”, han pasado a formar parte de las obras imprescindibles dentro de la música cubana de todos los tiempos.

Eduardo Sánchez de Fuentes (1874-1944) fue discípulo de Ignacio Cervantes y de Carlos Anckerman, además, estudió en el conservatorio Hubert de Blanck – mencionado antes en este trabajo–, aunque fue un músico, fundamentalmente, autodidacta. Su catálogo es bien amplio, comprende numerosas obras vocales en los géneros: habanera, lied, canción, bolero y criolla, obras sinfónicas: “Bocetos cubanos”, “Pequeña suite para orquesta”, “Rapsodia cubana”, “Temas del patio”, la cantata “Anacaona”, el oratorio “Navidad” y las óperas: “Yumurí” (1898), “Il Naúfrago” (1901), “Dolorosa” (1910), “Doreya” (1918), “El caminante” (1921) y “Kabelia” (1942).

A diferencia de la suerte del maestro holandés Hubert de Blanck, cuyas óperas no se representaron, excepto Patria, todas las óperas de Sánchez de Fuentes fueron estrenadas en Cuba, y aún más, “Dolorosa” también fue interpretada en el Teatro Balbo de Turín, Italia en 1911. Considerado, junto a Guillermo Tomás, los músicos más representativos del primer cuarto del siglo veinte. Su mundialmente conocida habanera “Tú”, además de “Corazón” y “Quiéreme así”, han pasado a formar parte de las obras imprescindibles dentro de la música cubana de todos los tiempos.

Durante la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del veintiuno solo se ha llevado a escena en una temporada de dos representaciones, la ópera “El Caminante”, lo que tuvo lugar durante la realización del primer Festival Internacional de Arte Lírico de La Habana, en 1987. Entre sus intérpretes vale mencionar a la soprano Lázara María Lladó, el tenor Ramón Chávez y la mezzosoprano María Julia García. Silencio total para el maestro Sánchez de Fuentes, alguien que merece ser recordado mediante el rescate de su música, la que no se limita a “Corazón” y “Tu”.


EN ESTE ENLACE VEA LA SEGUNDA PARTE PARTE...


(Continuará)

 

                                          albertorot65@gmail.com

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