Los extranjeros a los que el régimen cubano entregó tierras vecinas destruyeron las mías. Por Alberto Méndez Castelló. Cubanet.
Los extranjeros a los que el régimen cubano entregó tierras vecinas destruyeron las mías
Por Alberto Méndez Castelló
Cubanet
17 de julio de 2026
Por Alberto Méndez Castelló
Cubanet
17 de julio de 2026

Un cortafuegos como el que se muestra a la izquierda hubiera evitado el incendio. (Fotos del autor)
Cinco años de trabajo, más de 5.000 árboles y una inversión familiar quedaron reducidos a cenizas tras un incendio que fue posible por la negligencia de la empresa extranjera que opera el antiguo central Antonio Guiteras y la impunidad con que actúa en Cuba.
PUERTO PADRE. Este sábado 4 de julio, mientras millones de personas y entre ellas mis hijos y mis nietos disfrutaban de las fiestas y los fuegos artificiales por el Día de la Independencia de Estados Unidos, otro fuego, pero no de artificios sino por negligencia criminal, propagó un incendio que destruyó cinco años de silvicultura ecológica.
Por negligencia criminal entiéndase la acción u omisión de personas naturales o jurídicas, quienes, al ignorar riesgos obvios, son causantes de peligro para la vida, la seguridad y de daños a la propiedad y al medioambiente.
Y en esas circunstancias de indiferencia humana y jurídica se produjo el estrago, el incendio que constituye un ecocidio. Uso este término porque es un acto ilícito, arbitrario, perpetrado a sabiendas de que existe una probabilidad sustancial de causar daños graves, extensos o de efectos duraderos al medioambiente.
Este es un caso de ecocidio “guatemalteco” en el panorama del nuevo capitalismo cubano, anunciado por el “presidente” de la “república” Miguel Díaz-Canel como actualización del socialismo cubano.
Este ecocidio fue causado por un fuego abierto y sin control, cesado no por intervención humana sino cuando a su paso no encontró nada más que quemar; se produjo en cañaverales del otrora central Delicias, expropiado a una compañía estadounidense en 1960 y rebautizado “Antonio Guiteras”, y ahora, presuntamente, vuelto a rebautizar como Coloso J. J. SA, a título de “dueños” por capitalistas extranjeros a quienes llaman “los guatemaltecos”.
Pero de estos “guatemaltecos” y sus negocios, no existe información publicada en medios oficiales, como tampoco al menos yo, he encontrado datos en internet referente a empresarios guatemaltecos vinculados con el ingenio azucarero “Antonio Guiteras”, otrora Delicias, salvo comentarios de internautas en redes sociales con añoranzas por su batey.
Se dice que “los guatemaltecos” lo “compraron todo”, el central, los camiones, las cosechadoras cañeras combinadas, los tractores con sus implementos, la maquinaria de las Unidades Básicas Cooperativas (UBPC) que fueron desintegradas para convertirse en fincas y los cooperativistas en jornaleros, que debieron vender todos sus bienes, incluidas las plantaciones de caña a “los guatemaltecos». Se dice que son una empresa transnacional con centrales azucareros en varios países, incluso en Estados Unidos, donde presuntamente reside “el dueño”. Esos, son comentarios populares; pero sin pronunciamientos públicos, ni políticos ni administrativos, ni oficiales por parte del Estado, ni de una empresa privada.
Pero si es vox populi que “los guatemaltecos” resultan tan ahorrativos, que son renuentes como para roturar carriles cortafuegos, infracción de leyes que no creo cometan en un Estado de derecho, pero “los guatemaltecos” están en Cuba, y son, o los hacen sentir, más dueños de todo lo dueño que pudieran ser, ¿no? Y así se mostró uno de ellos, _según me informaron, pero por motivos obvios no revelaré las fuentes_ cuando de visita en cierta finca, un “guatemalteco” fue preguntado por un ex cooperativista devenido peón asalariado:
“¿Y qué le parece la cultura?”
“¿Qué cultura?”, ripostó, el empresario.
“La de las atenciones culturales a las plantaciones, mire, limpias, hasta con los carriles roturados”, dijo el cañero cubano, a lo que respondió el nuevo dueño:
“Carriles, eso no produce, y en lo que no produce no se invierte dinero”.
Pero los carriles, apropiadamente fire break los llamaban los estadounidenses dueños del central Delicias, no son una opción y sí una obligación jurídica cuya transgresión hoy no cuenta. Y como resultado de esa permisión que configura prevaricación gubernamental, una plantación forestal con más de cinco mil ejemplares de maderas preciosas en distintas fases de crecimiento, sembrada con posturas biológicamente valiosísimas, de cedros, caobas, majaguas, robles, barias y con maderas duras, yarúas y bijáguaras, entre otras, mezcladas con árboles frutales clásicos, desde mangos, cerezas y acerolos, hasta otros de bosque natural, como uvillas y guao de costa, que debían proporcionar refugio y alimento a la fauna y bienestar humano. Hoy, el mayor porciento de esas plantas sembradas con amor, están muertas o en estado crítico y con un pronóstico de recuperación muy reservado, por avaricia criminal.
Presuntamente, el incendio se produjo por un rayo, que no puedo corroborar ni negar pero la sospecha se asienta en mi experiencia profesional, porque conocí no pocos casos donde fueron los propios dueños o usufructuarios quienes para apresurar o presionar la cosecha en beneficio propio, quemaron sus cañaverales. En este caso el fuego prendió en terrenos de un antiguo platanal que fuera de la UBPC No. 34, ahora “propiedad” de “los guatemaltecos”, y a favor del viento, las llamas avanzaron indetenibles. Repito: fue por negligencia criminal porque no había ni hay carriles roturados (cortafuegos) para impedir el paso de la candela de un campo a otro, y quemando cañaverales, guardarrayas, zanjas, e incluso, pasando sobre la vía férrea enmaniguada, el fuego de los cañaverales se transformó en incendio forestal, en un ecocidio por la naturaleza sistémica de la vegetación allí quemada.
Sí. Es muy triste. Y muy indignante. Por ser provocador. Cual guapería de barrio. ¡Te meto candela y qué, no pasa na´!
Entre un océano de cañas, el fuego quemó un isla arbórea; convirtió en cenizas y en ramas chamuscadas un ecosistema naciente que ya daba sus primeros frutos, y el retorno gradual de la fauna así lo autenticaba; era, es, un proyecto ecológico personal y familiar que ya ha consumido mucho más de un millón de pesos, invertidos en combustibles, lubricantes, preparación del suelo, agua, herramientas, máquinas herramientas, piezas de repuesto y hasta bolsas biodegradables para plantar semillas. Y añádase, fuerza de trabajo, víveres, semillas, posturas de plantas, transporte, arboricidas, fungicidas y quién sabe cuántos gastos más - porque muchos de esos insumos fueron enviados de Estados Unidos por mis hijos- y otros que el día a día consume sin notarse ni anotarse.
Pero reptando por entre el vallado espinoso que fuera un seto vivo y hoy es cacto chamuscado, pasó el fuego del cañaveral “guatemalteco” a nuestra tierra, que por ser un suelo compacto con tendencia a agrietarse, lo manteníamos arropado, permitiendo crecer sucesivas generaciones de vegetación espontánea, cuyas capas inferiores ya constituían materia orgánica muy fértil, un humus que abonaban nuestros árboles, mientras por la parte superior el acolchado se extendía protector contra las altas temperaturas y la erosión del viento, de esa forma, protegidas las raíces por un mantillo muy fértil, el arbolado creció precoz en sus pocos años de vida, como mismo rápidamente murió: ardiendo sobre sus raíces el acolchado.
Se dice que no hay petróleo para roturar los carriles que actúan como cortafuegos. Pero sí hay petróleo para cosechar caña, transportarla, molerla y hacer azúcar para venderla en las llamadas MIPYME a un precio inaccesible incluso hasta para los mismos trabajadores que producen esa azúcar, vendida no como un acto de comercio, sino de usura contra natura, exactamente igual que en el poema Usura, de Ezra Pound. Cabe entonces preguntar:
¿Dónde estuviera hoy yo, si, un fuego salido de mis árboles hubiera quemado los cañaverales de “los guatemaltecos”, en lugar de un fuego venido del cañaveral de “los guatemaltecos” quemar mis árboles tal cual sucedió?
Por supuesto, suena a trabalenguas. Pero es asunto de raíz política y oportunismo económico del régimen totalitario castrocomunista. Hoy yo estuviera preso, acusado de sabotaje para entorpecer la “inversión extranjera”.
La Ley Forestal es clara pero en Cuba se cumple a conveniencias. Yo he sido multado por podar un árbol. Pero los “guatemaltecos” han quemado cientos y los operadores de las leyes incurren en prevaricación. La Ley Forestal dice: “Toda persona natural o jurídica, que por su acción u omisión dañe el patrimonio forestal está obligada a cesar en su conducta y a reparar los daños y perjuicios que ocasione”. Pero ese concepto es papel mojado según quien “dañe el patrimonio forestal”.
Meridianamente, y para mi bien, cuando conoció del desastre, Humberto Castelló, hombre y amigo, que fuera director de El Nuevo Herald me escribió: “El hilo de la muerte _recordando a Juarroz _ no siempre deshace el tejido; la tierra tiene millones de años de generosidad generativa y siempre volverá con nuevos frutos. Tu desolación la acompaño, así como me inspira tu valor. Hoy el mundo arde por muchas esquinas a la vez, como si estuviera lleno de `cañaverales y guatemaltecos´ universales…, el 4 de julio se estaban quemando en tu parcela árboles que serían preciosos, y en otras fincas, ardían los fuegos de ideas e instituciones libertarias, las columnas de la democracia como torres de ingenios que tosen el humo del homo cultivado, pero como no hay lugar para el desanimo, como bien tú dices, sigamos adelante.”
No necesito más resarcimiento que esas palabras de Humberto. Ya otros jueces juzgaran este ecocidio y tantos otros; mientras, continuaré plantando árboles, pero por su bien, mantendré una fosforera en mi bolsillo para dar contracandela si fuera preciso. Mi padre me enseñó que el fuego se combate con fuego. Sé cómo hacerlo, para que el capitalismo en Cuba no sea ni viejo ni nuevo, sino con buena fe. Así mis hijos y mis nietos podrán celebrar el 4 de julio y todos los días. Felices.





















